Jose María Maesa
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Lejanos dioses ignorantes

La mayor parte de las personas que contemplaron aquellas imágenes, y tampoco fueron tantas, las consideraron ejercicios de creatividad evasiva, de onirismo, o una simple demostración de una cierta inclinación por la arquitectura y la simetría. Y el hecho, es que todo eso también era verdad.

Mi abuelo me las mostró una de esas calurosas tardes de julio, después de que yo le obligara con mi insoslayable persistencia infantil a prescindir de la deseable siesta: Venga, anda, deja de repetir que estás aburrido y ven conmigo, que tengo que ponerme a ordenar el mueble del despacho. Aquella sencilla propuesta estaba cargada de una expectación de varios veranos, puesto que el mueble del despacho era un caótico almacén de maravillas polvorientas que yo había intuido en cada exploración que había acometido en la vieja casa de campo de mis abuelos. Y las expectativas fueron satisfechas con creces. Y eso ha ocurrido muy pocas veces en la historia de la expectativas infantiles: una pistola de la Guerra, una brújula, unos pequeños prismáticos plateados para la ópera, balas para la pistola, una colección de billetes de ciento noventa y dos países distintos, un cómic de Superman de 1959, un libro de Julio Verne que yo no había leído...

Entre todas esas maravillas, el pequeño álbum con un puñado de reproducciones de mala calidad de las imágenes del doctor Faustiano pasaron un tanto desapercibidas para mí.
Lo cogí, lo hojeé, incluso me fijé en los extraños edificios imposibles y simetrías flotantes, pero me produjeron más extrañeza e incomprensión que otra cosa, así que me incliné por la fascinación que en mí producían los otros objetos, intuyendo que, quizás, si demostraba el suficiente interés, alguno sería para mí.

Pero el hecho es que aquellas imágenes se me quedaron grabadas de tal forma, que ya apenas recuerdo cual de aquellas cosas maravillosas me regaló mi abuelo, pero no hay día que no piense en el decrépito álbum.
Así que, sí, como ya es evidente, mis montajes fotográficos se inspiran en los recuerdos evanescentes de aquellos incongruentes edificios ruinosos, simétricos, flotantes y majestuosos que vi en aquellas copias, que, años después, cuando pretendí recuperarlas de la casa de mis abuelos, no pude volver a localizar.
Sencillamente, nadie recordaba haberlas visto y mi abuelo, ya no recordaba nada.

Y no sólo eso. Además, llevo años estudiando el complejo legado del doctor Faustiano. O los pocos retazos que de él que quedan. A su actitud misántropa y hermética se ha unido el ensañamiento de Franco cuando mandó quemar su castillo hasta no dejar más que un puñado de piedras chamuscadas, por lo que seguir el rastro de sus trabajos y descubrimientos es casi imposible. Aún así, he podido reunir algo de evidencia que atestigua algunos de sus estudios en Cuántica, Historia y arquitectura.

Pero creo que no es este el momento de exponer nada de esto. Me voy a limitar a explicar que las ajadas reproducciones que por no sé qué azar atesoraba mi abuelo, no estaban basadas en edificios que existieran en la Tierra o hubieran sido construidos por el hombre. Lo que el viejo doctor Faustiano encontró fascinante en la arquitectura hecha por el hombre era que, de alguna manera, suponía una resonancia, una reverberación de algo mucho más grande. Aunque no podría aportar documentación que lo demostrara, estoy bastante seguro que aquella mente genial supo encontrar la manera de estimar y modelizar la forma de la realidad. Y no me refiero al universo, al menos no al observable.

El doctor fue mucho más allá en la escala de su conocimiento, y comprendió que el universo es sólo una pequeña partícula de algo mucho más grande, de la misma manera que un átomo lo es de los objetos que nos rodean. Y que hay una infinidad de universos, como hay infinidad de átomos, que constituyen otras realidades de tamaño inconcebible. Lo fabuloso es que el doctor encontró la manera de dilucidar la forma de estos super-universos hechos de universos, y de plasmarla en las creaciones visuales como las que yo pude contemplar en el viejo álbum de mi abuelo.
Los medios que empleó para obtener la forma del cosmos es aún objeto de mis estudios, pero esos inconmensurables dioses que viven flotando unos junto a otros, de alguna manera, hallan su reflejo en nuestro mundo. Su forma viaja hasta nuestra dimensión y reverbera en la mente del ser humano, generando lo que conocemos por arquitectura. En definitiva, lo que el doctor Faustiano descubrió, es lo que muchos antes que él habían creído basándose exclusivamente en su aspiraciones infundadas de ser trascendentes: que la mente humana está en contacto con los dioses. Pero estos dioses son tan enormes y lejanos, que son totalmente ajenos a nuestra existencia, y sólo podemos aspirar a rendirles pleitesía a sus monumentales formas a través de nuestros torpes intentos de imitarlas. Y a eso me limito yo mismo.

Texto e ilustraciones: Jose María Maesa

Contacto Jose María: jmaesam@gmail.com

Diseño web: Abekoco

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